De nuevo en ruta, tomamos un bus “semi leito” con destino a Cochabamba. Los autobuses de algunas compañías como “Bolívar” son excelentes, disponen por lo general de dos plantas con asientos “cama” y “semicama”.
Después del viaje en furgoneta desde Kampala y del consiguiente traqueteo, aquel pollo extremadamente duro del restaurante del “Saad Hotel”, el único de la zona, nos pareció una auténtica delicia, acompañada por la amabilidad de su jefe, Mr. Yestas, una persona bajita, decorada con un traje de chaqueta, con ojos saltones y que se expresaba con voz tímida en una especie de mezcla entre inglés y swahili, con la rapidez del rayo, haciendo que no nos enteráramos de casi nada de lo que decía. Pero lo que verdaderamente nos importaba era estar por fin ante la entrada del misterioso Ruwenzori, las legendarias Montañas de la Luna.
Estábamos finalizando un periplo que comportó muchos días caminando, los colores y luces cálidas de un otoño que se avecinaba cercano estaban llegando a estos confines del Himalaya. Esas luces, colores y olores producen beatitud en el viajero que realiza un gnaskor, como en el Tíbet se describen las peregrinaciones: “saberse superfluo, sin prisa y sin meta remunerada mientras se va de un sitio a otro”, en palabras de Peter Mathiessen; lo que algunos han llamado el “Zen del caminar”.
La cadena del Alto Atlas conforma el sistema montañoso más importante del norte de África y es uno de los más grandes de todo el continente.
1986, éramos muy jóvenes y teníamos todo el tiempo del mundo y un mundo por descubrir. Nuestro R-4, el famoso “cuatro latas” atravesaba libre entre los mares de dunas y las vastas mesetas calcinadas, las solitarias hammadas y los grandes “platós” como el de Tademait, miles de kilómetros cuadrados de arenas y vacíos absolutos.